Entrevistas

Jimmy Túllume, de ICACIT: «Estamos creando carreras de inteligencia artificial por moda y eso no garantiza profesionales competentes»

En diálogo con Infomercado, el experto analiza el futuro de las ingenierías tradicionales y cuestiona la proliferación de programas académicos creados por razones comerciales.

Por César Flores Córdova
11 minutos
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La irrupción de la inteligencia artificial ha impulsado la creación de nuevas carreras universitarias en el Perú. Sin embargo, ¿están realmente respondiendo a las necesidades del mercado o solo siguen una tendencia? En esta entrevista con Infomercado, Jimmy Túllume Salazar, gerente general del Instituto de Calidad y Acreditación de Programas de Computación, Ingeniería y Tecnología (ICACIT), analiza el futuro de las ingenierías tradicionales, cuestiona la proliferación de programas académicos creados por razones comerciales y advierte sobre las brechas que aún persisten entre la formación universitaria y las competencias que demanda la industria.

Además, explica por qué la acreditación, la experiencia docente y una mayor articulación entre la academia y el sector productivo serán determinantes para formar a los ingenieros que el país necesitará en los próximos años.

Hoy vemos que aparecen especialidades como Ingeniería en Inteligencia Artificial, Ciencia de Datos o Ciberseguridad. ¿Qué futuro tienen las ingenierías tradicionales como Civil, Industrial, Mecánica o Electrónica? ¿Están perdiendo vigencia o deben reinventarse?

Hemos visto que, en los últimos años, han proliferado muchas carreras, no solo por una demanda real del mercado, sino también por razones netamente comerciales. A ello se suma el debilitamiento político de la Sunedu que, tras el cambio de funcionarios, flexibilizó los niveles de exigencia para la creación de nuevos programas. Antes existía un modelo mucho más riguroso, que limitaba la apertura indiscriminada de carreras. En ese contexto, y con el auge de la inteligencia artificial, han surgido más de 200 programas relacionados con esta tecnología. Hoy encontramos carreras como Ingeniería en Inteligencia Artificial o Ingeniería en Ciencia de Datos. Sin embargo, cuando observamos lo que ocurre en países desarrollados o en aquellos donde ICACIT tiene presencia, vemos que estas carreras, como tales, prácticamente no existen.

La inteligencia artificial forma parte de un ecosistema mucho más amplio. Lo que se está haciendo es crear programas con nombres atractivos para captar estudiantes, pero que, en muchos casos, no profundizan en los fundamentos de esta tecnología. Los estudiantes terminan aprendiendo herramientas o aplicaciones, pero no necesariamente comprenden cómo funcionan un motor de búsqueda, los modelos de generación de patrones o los sistemas de aprendizaje que hacen posible la inteligencia artificial. Por ello, existe el riesgo de que el plan de estudios priorice una tendencia antes que la formación sólida que requiere un ingeniero para desenvolverse profesionalmente.

¿Se están perdiendo las ingenierías tradicionales?

Las ingenierías tradicionales se están debilitando, principalmente porque el número de postulantes e ingresantes, sobre todo en las universidades públicas, ha disminuido. Esto responde, en gran medida, a la tendencia que hoy existe alrededor de la inteligencia artificial, el desarrollo de software y otras áreas vinculadas a las tecnologías emergentes. Sin embargo, organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), la FAO y la UNESCO coinciden en que el mundo seguirá necesitando una gran cantidad de ingenieros en las disciplinas tradicionales. Lo importante es entender que muchas de las nuevas competencias tecnológicas no son exclusivas de las carreras creadas recientemente, sino que también pueden incorporarse en programas como Ingeniería Civil, Mecánica, Industrial o Electrónica.

En Ingeniería Civil, por ejemplo, todavía estamos rezagados. Mientras que en muchas universidades del mundo la formación ya incorpora laboratorios BIM como parte del proceso de enseñanza, en el Perú apenas dos o tres universidades cuentan con este tipo de infraestructura. Incluso hablamos de instituciones grandes y representativas que recién están realizando las inversiones necesarias para alinearse con las nuevas tecnologías. Y esto no responde únicamente a una necesidad del mercado local. También tiene que ver con la posibilidad de competir en un mercado global, donde las grandes empresas desarrollan proyectos utilizando tecnologías como BIM. Hoy ya no se trata de elaborar planos de manera tradicional, sino de trabajar con modelos digitales que permiten visualizar una infraestructura en tres dimensiones, parametrizar toda la información del proyecto y realizar un seguimiento mucho más eficiente durante su ejecución.

Muchas empresas señalan que les cuesta encontrar profesionales con las competencias que necesitan. ¿La brecha está en la formación universitaria, en la falta de experiencia práctica o en que las empresas hoy exigen perfiles muy distintos?

Esa es una pregunta muy importante. Nosotros trabajamos con más de 58 universidades en todo el país y hemos observado que muchas instituciones, con el afán de mantenerse a la moda, han creado este tipo de carreras. Siempre les hacemos la misma pregunta: ¿quién va a enseñar esos programas?, ¿quién va a dictar esas asignaturas? Recibimos distintas respuestas, pero pocas demuestran que realmente exista una preocupación por garantizar que el estudiante reciba una formación de calidad. Hay que recordar que un joven invierte alrededor de cinco años de su vida para convertirse en profesional. Si durante ese proceso no desarrolla las competencias ni las habilidades que exige el ejercicio profesional, estamos generando una expectativa que difícilmente podrá cumplirse cuando ingrese al mercado laboral. Sabemos que existen enormes oportunidades en torno a la inteligencia artificial y muchas necesidades por resolver mediante nuevos proyectos. Sin embargo, si la creación de programas académicos responde únicamente a una tendencia de mercado y no a una planificación seria, el sistema universitario no estará aportando al desarrollo del país.

Muchas universidades fuera de Lima enfrentan limitaciones en laboratorios, investigación y vinculación con la industria. ¿Cree que las universidades regionales están preparadas para responder a este nuevo modelo basado en competencias y microcredenciales, o existe el riesgo de ampliar aún más la brecha con las grandes universidades?

Las universidades fuera de Lima enfrentan un gran desafío, aunque esta situación tampoco es exclusiva de las regiones. Las propias universidades de Lima tienen importantes retos por delante. Actualmente observamos que varias universidades extranjeras están llegando al Perú para captar talento e incluso atraer estudiantes desde el pregrado. Antes este fenómeno se veía principalmente en programas de posgrado, pero hoy también ocurre en la formación universitaria inicial. A ello se suma otro factor: a nivel mundial ha disminuido el interés por algunas carreras de ingeniería, influenciado, entre otras razones, por las tendencias que predominan en redes sociales y plataformas digitales. Sin embargo, la demanda por ingenieros seguirá siendo alta, porque ninguna sociedad puede desarrollarse sin profesionales que impulsen la infraestructura, la tecnología, las comunicaciones y otros sectores estratégicos. En el caso de muchas universidades regionales, todavía existe una brecha importante en el cumplimiento de una de sus funciones esenciales: la generación de conocimiento. Esa capacidad se refleja en la producción científica, las publicaciones, los libros y las revistas indexadas.

¿Alguna experiencia destacable?

Existen experiencias destacables. Un ejemplo es la Universidad Nacional Toribio Rodríguez de Mendoza, en Chachapoyas, que ha realizado importantes inversiones en investigación, incluso en áreas como la genética. No obstante, todavía son casos aislados. En gran parte de las universidades del interior del país observamos una limitada presencia de docentes registrados en Renacyt, lo que evidencia que aún no existe una cultura consolidada de investigación. Esto también dificulta el aprovechamiento de recursos como el canon minero u otras fuentes de financiamiento destinadas a fortalecer la investigación científica.

Sin embargo, más allá del financiamiento disponible, considero que el mayor reto consiste en fortalecer la relación entre las universidades y las empresas. Las instituciones de educación superior deben acercarse al sector productivo para desarrollar proyectos conjuntos que permitan resolver problemas reales, generar innovación, producir publicaciones científicas y, al mismo tiempo, desarrollar soluciones con impacto en la sociedad. Ese es uno de los desafíos más importantes que todavía tenemos como sistema universitario. Si bien en los últimos años el Perú ha mejorado su presencia en rankings internacionales como Scimago, aún queda mucho camino por recorrer para consolidar una verdadera cultura de investigación e innovación.

Usted representa a una agencia acreditadora de programas de ingeniería. Pero, en seguimos viendo carreteras y puentes que colapsan, y obras paralizadas. ¿La acreditación realmente garantiza mejores profesionales o el problema aparece después, durante la ejecución de las obras y la gestión pública?

Ese escenario es totalmente real y también nos preocupa. En el Perú existen más de 1,100 programas de ingeniería. Si tomáramos solo esa cifra, podríamos pensar que somos un país con suficientes profesionales para ejecutar grandes obras y resolver nuestros principales problemas de infraestructura. Sin embargo, la realidad es distinta. De esos más de 1,100 programas, alrededor de 230 trabajan con ICACIT en procesos de evaluación y mejora continua. Es decir, apenas cerca del 20 %. Y de ese grupo, solo 98 carreras cuentan actualmente con la acreditación otorgada por nuestra institución.

Precisamente, durante una reunión de nuestro Consejo Directivo, analizábamos estas cifras. Hace algunos años nuestro objetivo era que todas las carreras de ingeniería lograran acreditarse. Hoy somos más realistas. Hemos llegado a un punto en el que entendemos que muchas carreras del país, tanto de universidades públicas como privadas, difícilmente podrán obtener nuestro sello de calidad porque los estándares que evaluamos son bastante exigentes.

¿Qué aspectos evalúa el proceso de acreditación?

La acreditación no consiste únicamente en verificar que una universidad cumpla con los requisitos mínimos establecidos por la Sunedu. Nosotros evaluamos aspectos mucho más profundos relacionados con la calidad de la formación, el perfil del docente, la infraestructura, los laboratorios y la vinculación con el ejercicio profesional. Hemos encontrado casos de docentes con grado de doctor que ni siquiera cuentan con un doctorado en la especialidad que enseñan. Eso ya representa una señal de alerta.

También hemos identificado profesores de Ingeniería Civil que dictan cursos de Hidráulica sin haber participado nunca en una obra hidráulica. Esa experiencia práctica es fundamental para formar ingenieros. Cuando evaluamos estos casos, evidentemente no cumplen con nuestros criterios de calidad. Nuestra posición no es que esos docentes deban ser retirados de la universidad. Lo que planteamos es que necesitan capacitarse y acercarse al ejercicio profesional. Están formando a futuros ingenieros y, si nunca han vivido esa experiencia en campo, terminan limitando el desarrollo de las competencias que requiere un egresado.

El estudiante es quien finalmente resulta perjudicado. Sale al mercado laboral con una formación más limitada frente a otros profesionales cuyos docentes sí mantienen una relación permanente con la práctica profesional y con las nuevas tecnologías. Otro problema recurrente es la infraestructura. Encontramos programas de ingeniería cuyos laboratorios no cuentan con el equipamiento necesario para que los estudiantes desarrollen prácticas reales. Esa situación resulta muy frustrante porque, al final, estamos formando ingenieros con una preparación predominantemente teórica y con pocas oportunidades para aplicar sus conocimientos antes de egresar.

¿Las microcredenciales -certificaciones cortas- ayudarían a reducir esa brecha o considera que las universidades deben implementar otro tipo de acciones?

Las microcredenciales nacieron como una respuesta de la propia industria. Fueron las empresas las que comenzaron a advertir que existía un desfase entre la formación académica y las competencias que requerían los nuevos puestos de trabajo. Inicialmente se hablaba de certificaciones. Hoy ese concepto ha evolucionado hacia las microcredenciales, pero el propósito sigue siendo el mismo: ofrecer procesos de capacitación que permitan a los profesionales adquirir habilidades específicas para desempeñarse con mayor rapidez en determinados entornos laborales y tecnológicos. Para las universidades representan una gran oportunidad porque permiten que los estudiantes desarrollen competencias de manera progresiva mientras cursan su carrera.

Por ejemplo, un estudiante de Ingeniería Civil podría obtener una microcredencial en diseño de plantas, supervisión de obras o manejo de software especializado antes de culminar su formación profesional. Del mismo modo, en Ingeniería de Software podrían certificarse en análisis de requerimientos, pruebas de software, aseguramiento de la calidad o desarrollo de aplicaciones. La ventaja es que estas certificaciones complementan el plan de estudios y permiten que el estudiante construya un perfil profesional más alineado con las necesidades del mercado laboral, sin reemplazar la formación integral que ofrece la universidad.

¿Qué es lo que falta para fortalecer la relación entre la academia y la industria?

A lo largo de los 24 años de trayectoria de ICACIT y de más de 13 años acreditando programas de ingeniería, computación y tecnología, hemos aprendido una lección muy importante. Durante este tiempo hemos acreditado más de 300 programas y hemos podido observar cómo evoluciona la relación entre las universidades y el sector productivo. Uno de los aspectos que siempre evaluamos durante los procesos de acreditación es que exista una vinculación real entre la universidad y la industria. Esa relación no solo debe servir para validar los planes de estudio y las competencias que desarrollan los estudiantes, sino también para garantizar que la formación responda a las necesidades del entorno profesional.

Sin embargo, en muchos casos encontramos que esa articulación existe solo de manera temporal. Se crean consejos consultivos, se firman convenios o se desarrollan actividades puntuales, pero con el tiempo esas iniciativas pierden continuidad y dejan de generar resultados concretos. La relación entre la academia y la empresa no debería depender de reuniones esporádicas. Debe convertirse en un trabajo permanente de colaboración que permita actualizar los planes de estudio, fortalecer la investigación aplicada, desarrollar proyectos conjuntos y generar innovación. Cuando esa conexión funciona, todos ganan. La universidad forma profesionales mejor preparados; las empresas encuentran talento con las competencias que realmente necesitan; y el país fortalece su capacidad para resolver problemas mediante el conocimiento y la tecnología. Ese es, probablemente, uno de los desafíos más importantes que aún tiene pendiente la educación superior peruana.