Conoce por qué los influencers no son nuestros amigos

Conoce por qué los influencers no son nuestros amigos

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El fiasco del festival Fyre mostró el descontrolado poder de las estrellas de redes sociales para generar expectativa.

Una persona entrevistada para un nuevo documental de Netflix acerca del festival alegó que a la modelo Kendall Jenner le pagaron US$250,000 por un artículo en Instagram que promoviera el festival.

El proyecto finalmente se desintegró y resultó en un caos de gran notoriedad. En lugar de viajar por avión a la exclusiva isla paradisíaca que se mostraba en las publicaciones originales de las redes sociales, los asistentes al festival se encontraron en una húmeda ciudad de tiendas de campaña a medio construir, reminiscente de las repercusiones de un desastre natural.

El fundador de Fyre, Billy McFarland, fue encarcelado. Ja Rule dijo la semana pasada a través de las redes sociales, que él mismo fue timado, embaucado, engatusado, engañado por los organizadores.

Sin embargo, dentro del desastroso fracaso general, se escondía una historia de éxito del vasto poder de los influencers. En EEUU, la Comisión Federal de Comercio ha generado una estrategia, instando a los influencers a preguntarse si sus seguidores entienden sus vínculos con la compañía cuyos productos promocionan.

Por eso, el nuevo problema es que la relación entre el influencer online y el seguidor es mucho más cercana que nunca. En las secciones de noticias de las redes sociales llenas de bikinis y emoticones de las modelos, los hashtags como #ad, los cuales denotan una promoción, son difíciles de reconocer.

La ilusión de que los seguidores son amigos de las celebridades domina todo y minimiza el impulso de castigar a un influencer que respalda el producto equivocado.

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Las autoridades concretan su limitado poder en los influencers más populares, quienes a su vez pueden influenciar a miles de aspirantes a ser Chungs o Chapmans.

Algunas agencias de mercadotecnia y de relaciones públicas están elaborando regulaciones como un signo de madurez recién descubierta dentro del sector. “Las compañías y los influencers se volverán más selectos sobre quién respalda qué”, argumentan.

La historia de la publicidad muestra, sin embargo, que regular un área impulsa a los involucrados en mercadotecnia a dirigirse a otras áreas.

En los turbios rincones del internet, los influencers inmaduros florecerán, impulsados por inescrupulosos promotores que buscan nuevas formas de vender productos en nichos fuera de la vigilancia de los reguladores.

El camino más fructífero sugerido la semana pasada por el organismo de control del Reino Unido es apuntar sus esfuerzos contra las plataformas de redes sociales, recientemente sensibles a la opinión pública y a la política.

Sin embargo, la alternativa a restringir las promociones ocultas es suponer que a todos se les está pagando, en efectivo o en especie, para timar, embaucar, engatusar y engañar. Ése será el momento en que el supuestamente inofensivo entusiasmo generado por los influencers eclipse la confianza en la que se basan la mayoría de las relaciones, online u offline.