Entrevistas

Juan Pablo Carreño: “Tenemos que dejar de romantizar el emprendimiento: no puede ser una moda”

“Emprender no es para todo el mundo, o al menos no en el mismo momento”, señaló el director de Emprendimiento de la Universidad de la Sabana (Colombia), en diálogo con Infomercado.

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El jefe de Emprendimiento de la Universidad de La Sabana, Colombia, fue uno de los expositores del Seminario Internacional de Docencia en Emprendimiento e Innovación (SIDEI), organizado por el Hub UDEP de la Universidad de Piura. En diálogo con Infomercado, Juan Pablo Carreño sostuvo que las universidades deben ir más allá de los concursos de ideas y acompañar la creación de empresas sostenibles. También analizó los desafíos de enseñar emprendimiento, el papel de la inteligencia artificial y la importancia de aprender del fracaso.

¿La mentalidad emprendedora se puede enseñar o las universidades solo pueden crear las condiciones para que los estudiantes desarrollen su potencial emprendedor?

Creo que es una mezcla de las dos cosas. Hay quienes profundizan en el dilema de si el emprendedor nace o se hace, y considero que tiene una conexión directa con lo que acabas de mencionar. Lo cierto es que las universidades tenemos que promover y fomentar el trabajo en el ecosistema emprendedor. No solamente debemos generar condiciones dentro de las instituciones para que quienes desean emprender reciban acompañamiento, recursos y oportunidades, sino también inspirarlos a través de experiencias de personas que ya han recorrido ese camino y han demostrado que sí es posible.

Pero, más allá de inspirar, debemos facilitar las condiciones y los recursos necesarios para que esas empresas crezcan y prosperen. Hay un tema importante desde mi percepción: tenemos que dejar de romantizar el emprendimiento. Muchas veces los estudiantes se emocionan cuando ven que otros compañeros están desarrollando empresas, conocen experiencias de egresados o participan en eventos que promueven el emprendimiento. Sin embargo, el emprendimiento no puede ser una moda. El emprendedor debe comprender rápidamente cuáles son las barreras y los retos que enfrentará para desarrollar empresas innovadoras, rentables y sostenibles en el tiempo, que además generen impacto. También es importante descubrir y fortalecer las habilidades emprendedoras. Siempre he considerado que el emprendimiento no puede verse como un camino solitario. La conformación de equipos ayuda a fortalecer esa mentalidad. Asimismo, la conexión con las oportunidades que ofrecen los ecosistemas es fundamental. Desde los centros de emprendimiento debemos facilitar ese proceso para que las personas puedan creer en sus proyectos, materializarlos, desarrollarlos, implementarlos y escalarlos.

¿Cómo evitar que los proyectos de emprendimiento universitario se queden únicamente en una presentación o en un concurso interno? ¿Qué deberían hacer las universidades para darles continuidad?

Hace algunos años estuve en el Reino Unido y conocí una metáfora que me parece interesante. Los emprendedores se parecen a los alquimistas en su búsqueda de encontrar oro. Algo similar ocurre en el embudo de la innovación: muchos ingresan, pero pocos llegan al final. Siempre digo que emprender no es para todo el mundo o, al menos, no en el mismo momento. Muchas veces los estudiantes deben cursar asignaturas de emprendimiento porque forman parte de sus programas académicos, pero no todos están convencidos de querer emprender. Por eso, pueden presentar un buen proyecto o un buen pitch, pero todavía no están en el momento adecuado de sus vidas para desarrollar una empresa. Es entonces cuando las buenas ideas se abandonan y quedan únicamente en el papel.

Parte de nuestra responsabilidad como centros de emprendimiento es mantener las puertas abiertas y explicarles que existen servicios y programas a los que pueden regresar cuando decidan emprender. No se trata de obligar a una persona a crear una empresa, sino de ayudarla a reconocer cuándo está preparada para hacerlo y cuáles son los retos que deberá enfrentar. Muchos estudiantes llegan muy emocionados a contarme sus ideas. Sin embargo, cuando les explico todo lo que deben hacer, especialmente durante la etapa inicial de investigación, algunos descubren que todavía no tienen el compromiso suficiente para continuar. Aunque les ofrecemos los servicios y programas del centro de emprendimiento, algunos no regresan. Me ha ocurrido que, tiempo después, cuando ya son egresados, vuelvo a encontrarme con esas personas y me dicen: «Ahora lo entendí y sí quiero hacerlo». Por eso, considero que debemos proporcionarles información, acompañamiento y oportunidades, pero también permitir que cada uno avance de acuerdo con su proyecto de vida.

En Perú y Colombia existen numerosos negocios que nacen por necesidad y no para resolver un problema específico. También suele confundirse el emprendimiento con la generación de ingresos adicionales mediante ventas ocasionales. ¿Cómo pueden las universidades ayudar a comprender mejor qué significa realmente emprender?

Estoy totalmente de acuerdo contigo. Creo que nuestros países comparten una realidad similar respecto de las empresas que se crean, las que fracasan durante el primer año y aquellas que consiguen mantenerse hasta el tercero o quinto año. Suelo comparar este proceso con las tortugas que nacen en grandes cantidades, pero de las cuales solo unas pocas consiguen llegar a la edad adulta. Muchas desaparecen antes de llegar al océano y otras enfrentan depredadores y condiciones adversas cuando ya están en él.

En mis primeros años, debido a mi formación como ingeniero biomédico y al campo en el que investigaba, desarrollé una visión muy enfocada en el emprendimiento de base tecnológica. Llevo 15 años trabajando con emprendedores y, al principio, consideraba que si un emprendimiento no tenía una base tecnológica, carecía de valor. Sin embargo, con el tiempo comprendí que todos los emprendedores tienen oportunidades, independientemente del producto, servicio o sector en el que se encuentren. La clave está en que el emprendedor comprenda qué problema o necesidad está resolviendo. Ese es un punto fundamental para construir su propuesta de valor. Debe entender quién es su cliente, concentrarse en él e identificar qué puede ofrecerle para responder a sus necesidades, a partir de un adecuado análisis del mercado.

¿Cuál es la pregunta clave?

¿Qué problema o necesidad estás resolviendo? Esa es la pregunta que hago tanto a una persona que vende arepas como a quien vende panes o desarrolla cualquier otro negocio: A partir de esa identificación, el emprendedor puede incorporar valor a su actividad. Y ese valor no necesariamente tiene que estar en el producto o servicio. Existen mercados saturados de productos y servicios que ofrecen calidad, buenos precios y atención. Sin embargo, esos atributos muchas veces representan lo mínimo que espera un cliente. Entonces, la pregunta es cómo innovar a través de otros componentes del modelo de negocio: los canales de comercialización, la forma de entregar el producto, la logística o la experiencia que se ofrece al cliente. Cuando los emprendedores comprenden esto, pueden reflexionar sobre si están ofreciendo un producto o servicio genérico que necesita reformularse. También pueden identificar nuevas estrategias para diferenciarse. Esa es una de las tareas que debemos promover desde las universidades.

Muchos estudiantes provienen de familias que tienen negocios tradicionales, como bodegas, talleres o manufactureras. ¿Cómo podemos conectar esa experiencia familiar, muchas veces empírica, con los conocimientos de emprendimiento que reciben en colegios y universidades?

Es una realidad muy importante. Normalmente, los padres que han desarrollado estas empresas esperan que sus hijos puedan darles continuidad. Sin embargo, también debemos considerar el momento en que esos negocios se crearon, desarrollaron y consolidaron. Hoy tenemos un entorno muy diferente, con tecnologías que están transformando nuestras vidas y con la inteligencia artificial presente en numerosos ámbitos, no solamente en el empresarial.

La digitalización y la necesidad de fortalecer las competencias digitales de los empresarios hacen necesario que reconozcan que no pueden confiarse únicamente en su experiencia. Deben comprender que existen nuevos factores que están generando ventajas competitivas dentro de las organizaciones. Hemos visto grandes empresas, con una larga trayectoria y un aparente posicionamiento sólido, que terminaron desapareciendo porque no consiguieron adaptarse a las nuevas dinámicas del mercado. Creo que los hijos de estos empresarios, que actualmente se están formando en las universidades, pueden incorporar nuevos conocimientos, estrategias y recursos a los negocios familiares. Estos conocimientos les permitirán conectar con las nuevas dinámicas del mercado, comprender a los nuevos consumidores y renovar los portafolios de productos y servicios. Esa transformación es necesaria para que las empresas puedan mantenerse vigentes y continuar innovando. Además, debemos reconocer que el emprendimiento es una etapa en el desarrollo de las empresas. Por eso, cuando hablamos de negocios que ya tienen una trayectoria, también debemos hablar de empresas y de su capacidad para evolucionar.

¿Qué debería mejorar en la enseñanza del emprendimiento en los colegios y universidades?

Creo que debemos partir de reconocer que el emprendimiento no es para todo el mundo. Más allá de desarrollar actividades como las ferias de emprendimiento, que considero muy importantes tanto en colegios como en universidades, necesitamos construir procesos formativos que permitan a los estudiantes descubrir sus habilidades. Debemos promover la creatividad, enseñarles a tomar decisiones en equipo y desarrollar capacidades para generar cambios y transformaciones. Eso también es emprender.

Emprender no necesariamente significa crear una empresa. También puede consistir en iniciar un proyecto que sea útil para otras personas y genere un impacto. En la medida en que logremos abrir la mente de los estudiantes para que comprendan que existen numerosos problemas y necesidades en el mundo, podrán identificar cómo utilizar sus conocimientos y habilidades para desarrollar soluciones. Quizás después llegue el momento de hablar de modelos de negocio, finanzas y todos los componentes necesarios para crear una empresa. Pero considero que lo principal es la experiencia y el desarrollo de habilidades y capacidades que permitan a los estudiantes resolver problemas.

En Latinoamérica existen emprendedores e innovadores que buscan desarrollar soluciones para el mercado, dejando de lado problemas de su propio entorno, como el acceso al agua, la electricidad o los servicios de salud. ¿Cómo pueden las universidades y las incubadoras motivarlos a trabajar en soluciones para estas necesidades?

Considero que existen tres formas de orientar esa mirada. Una de ellas es acercar las empresas a las universidades para que, mediante hackatones, innovatones u otros espacios de encuentro, puedan presentar sus necesidades, retos y desafíos. De esta manera, las empresas encuentran en los jóvenes, en sus conocimientos y en su mentalidad, un recurso muy valioso para desarrollar soluciones. También son importantes los espacios de innovación, las ruedas de negocios y las ferias que se organizan dentro de las universidades.

En la Universidad de La Sabana, por ejemplo, promovemos espacios como las exposiciones empresariales, donde los estudiantes desarrollan proyectos durante casi un año con el acompañamiento de un profesor. Estos proyectos están orientados a resolver problemas reales y generar impacto. Pueden estar relacionados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible o con necesidades de distintos sectores, como las finanzas, la salud, el sector público o la energía. Cuando los estudiantes presentan estas iniciativas, llaman la atención porque plantean soluciones a necesidades que no necesariamente se limitan al ámbito local, sino que pueden escalar a nivel global. Finalmente, desde los centros de emprendimiento debemos promover encuentros, desafíos y otras iniciativas que conecten a los estudiantes con estos problemas. Si logramos canalizar adecuadamente esos esfuerzos, más personas comprenderán que uno de los grandes desafíos actuales es desarrollar soluciones a problemas globales y generar transformaciones.

¿Cuáles son los principales retos de los docentes que enseñan emprendimiento, considerando que muchos no han tenido la experiencia de crear una empresa?

Creo que los profesores tienen tres grandes desafíos. El primero es la alfabetización digital. Actualmente, por ejemplo, se desarrollan talleres sobre cómo utilizar la inteligencia artificial para pasar de una idea a un prototipo o a un modelo de negocio. La alfabetización digital es fundamental. Un profesor que no conozca los recursos de inteligencia artificial ni comprenda cómo utilizarlos como herramientas para la enseñanza y el desarrollo de proyectos tiene un desafío importante por delante. El segundo reto consiste en mejorar la experiencia dentro del aula. El docente debe preguntarse cómo replantear sus procesos y su manera de enseñar. El tercero es enfocarse en los resultados y no solamente en el proceso. Es decir, tener claridad sobre qué quiere lograr con sus estudiantes. Para mí, estos tres aspectos son fundamentales, independientemente del camino que se siga para crear negocios. Incluso son importantes para docentes que no necesariamente enseñan emprendimiento o innovación.

En Latinoamérica, el fracaso suele tener una connotación negativa. ¿Considera que las nuevas generaciones de emprendedores y la enseñanza de la innovación están contribuyendo a cambiar esa percepción?

En otros ecosistemas, como el de Israel, el fracaso es considerado una experiencia valiosa. Un emprendedor que ha fracasado varias veces acumula aprendizajes que le permiten reconocer sus errores y evitar repetirlos en sus siguientes intentos. El fracaso siempre estará presente. Lo importante es cómo lo interpretamos desde nuestra mentalidad y nuestra cultura, y cómo logramos convertirlo en una oportunidad de aprendizaje y validación. Muchos de los mentores que actualmente acompañan a otros emprendedores son personas que no tuvieron éxito en sus primeros intentos. Sin embargo, esas experiencias, los aprendizajes obtenidos del fracaso, el miedo y los momentos difíciles que enfrentaron forman parte de su trayectoria. Considero que no debemos minimizar esas experiencias, pero tampoco castigarlas. No podemos hacer una apología del fracaso. Seguramente nos vamos a equivocar, pero debemos aprender a hacerlo de manera que las consecuencias no sean tan negativas ni generen un impacto que termine afectando gravemente a la empresa y, sobre todo, al propio emprendedor.