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Venecia: la heladería que se resiste a morir

Venecia: la heladería que se resiste a morir

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Esa mañana fue diferente. De todas las noticias que suelo leer en la redes sociales, hubo una que me produjo una sensación extraña. La inundación de Venecia. Un suceso lejano a nuestro país, pero preocupante para todos por ser patrimonio de la humanidad.

Los efectos del cambio climático, un fuerte temporal, acompañado de un pequeño ciclón, propició la subida del agua a 187 centímetros devastando algunas zonas de la ciudad de las góndolas, haciendo que se hunda poco a poco.

Sería este lamentable acontecimiento, sucedido en las ultimas semanas de noviembre en la capital de la región italiana de Veneto, algo premonitorio de lo que me iba a suceder durante el día. A lo mejor sería solo una coincidencia el hecho de visitar por la tarde un local con el mismo nombre de la ciudad de los canales.

Sin saberlo, quizás ambas compartirían casi un mismo destino y una similar tragedia en tiempos diferentes. Al final de la jornada, guardando las distancias, me daría cuenta de esa casualidad.

La visita al “Venecia”

A petición de un amigo decido ir al Bar Heladería Venecia, ubicada en plena esquina de las calles Apurímac con Libertad del centro de Piura. En una casona antigua, del color crema con grandes ventanas de metal con toldo azul, cerca de la Plaza Tres Culturas.

Quienes peinan canas recuerdan con agrado el nombre de esta heladería, sinónimo de buen servicio, de variedad de helados y cremoladas.

Una vez ahí, experimenté una realidad que contrastaba con todo lo que significó en una época esta heladería en nuestra ciudad.

En la fachada se podía apreciar aún, arriba de la puerta, el antiguo letrado azul con letras amarillas con el nombre del local, junto a él una figura colgante de un cono de tres bolas.

Al otro lado, la imagen del tradicional gondolero remando una bote sobre un canal de telarañas y cables.

La familia Záccaro Minervini fueron los fundadores de la heladería.

Me ubico en la primera mesa de la entrada, donde puedo divisar los dos ambientes del establecimiento. Soy el único cliente sentado en esas antiguas silla metálicas comprobando de esta forma que, en este lugar, el tiempo se detuvo.

De esas épocas de mi infancia y adolescencia aún permanecen los cuadros con pinturas de representaciones del Óvalo Grau, el Puente Viejo en el río Piura, la plaza principal de Huancabamba, entre otros, pero ya no sobre paredes de color crema, sino rosadas.

Al fondo del comedor, como algo decorativo, puedo apreciar un televisor analógico de los 90’, donde antes los comensales podían ver los eventos deportivos o las noticias más resaltantes del país.

En ese momento el aparato trasmite, con una pésima señal, la serie “La Rosa de Guadalupe”. Quizás sintonizado por los dueños de manera intencional, como esperando también un milagro de la Virgen mexicana para cambiar el destino poco promisorio del negocio.

La carta menú

Mientras observo la soledad del sitio, recordando a su vez situaciones vividas de antaño con mis padres, se me acerca una señorita atendiéndome de manera amable, pero poco entusiasta. Me entrega la carta menú. Este es un papel con impresión a color dentro de una mica, un poco legible y desgastado por el uso.

La carta aún conserva en la carátula una publicidad antigua. La imagen muestra tres barquillos de helados de vainilla, chocolate y fresa, con la frase superior: “Heladería Venecia: ¿Cuál es tu favorito? Pruébalos. Y abajo, ¡Un mundo de sabores!”

Al reverso se muestra la oferta gastronómica. Pero al comparar el largo listado de comida con la notoria austeridad dentro del local, hace que mis dudas aumenten antes de pedir algo.

Son pocos los postres que ofertan en esta heladería.

De forma inconsciente, como queriendo reforzar mi decisión, volteo la cabeza y miro hacia arriba. Observo en la pared el inacabable letrero del helado de chocolate con el slogan “Africano, el sabor exquisito”. Es la misma publicidad atractiva que repetía, sin mala intención, de pequeño.

En la actualidad, sería impensable difundir un mensaje así por contener, supuestamente, connotaciones discriminatorias o racistas.

Al costado veo varios carteles, pero dos de ellos me llaman la atención por ser la especialidad de la casa.

Uno con los sabores de los helados en antaño. Con letra azul están: surtido, charada, turrón, algarrobina, guanábana, maracuyá, ron con pasas, barquimiel, lúcuma y chocolate.

Con rojo: limón y fresa. El otro, con los jugos de sabor piña, maracuyá, piña y cebada. Y cremolada especial.

Un poco de desilusión

Leer esto hace que aumente la salivación en mi boca. Mi organismo empieza a pedirme algo sabroso y refrescante. Me paro y me dirijo el mostrador de helados, apelando a la frase: “la comida entra por los ojos”.

Para mi asombro solo veo bandejas metálicas vacías. Volteo mi mirada al otro mostrador de postres observando dos gelatinas, una crema volteada y un pay de limón. Nada más.

Según la carta ofrecen helados, cremoladas,, cocteles, ensaladas de frutas, hamburguesas, desayunos y más.

Esa preocupación e incertidumbre reflejada en mi rostro hace que la misma señorita, que me atendió minutos antes, pero ahora detrás del mostrador, me pregunte de manera rápida lo que voy a consumir, sin saberle que responder en ese momento.

Refugio mi mirada como un salvavidas a la otra persona, entrada en años, que está a su costado, esperando una recomendación, pero ésta indiferente a lo que está sucediendo se da media vuelta, dándome la espalda.

Para borrar mi cara de decepción y salvar la situación, prefiero que sea ella la encargada de mencionarme los sabores que hay. Me ofrece solo cuatro, pero el de maracuyá me lo repite varias veces.

Elijo ese sabor, no sé si resignado o tomándolo como una recomendación por parte de ella. Recibo mi cono de helado de una bola, sacado de otra heladera pequeña, volviéndome a sentar en la mesa, aunque un poco desilusionado.

Los años maravillosos

Mientras saboreo mi barquillo, decenas de recuerdos saltan en mi mente. Me rehuso a pensar que esta situación fue siempre así.

Contrasto la actual realidad con lo vivido en mi infancia y adolescencia, además con lo poco que sé de esta heladería gracias a una colega conocedora de muchos sucesos históricos de la ciudad, por haber trabajado varios años en el centro de documentación fotográfica del diario El Tiempo de Piura.

Hilda María Machuca, licenciada en Ciencias de la Información, me contó que el surgimiento de esta heladería se debió gracias a inmigración italiana en Piura.

“La heladería apareció a inicios de la década de los setenta. Fue la familia Záccaro Minervini los que fundaron el Bar Heladería Venecia”, recuerda.

Además, me comenta que fueron ellos los primeros que elaboraron en nuestra ciudad los helados de fruta de limón, mango y tamarindo, aprovecho así los productos de la zona.

Pero no solo eso. Hilda María recuerda que en esta heladería empezó a hacer las cremoladas, cuando en esa época los piuranos se refrescaban solo con raspadillas.

Las cremoladas y los helados han sido los productos de siempre

“Fueron también ellos los que ofertaron lo helados por litros. Con la aparición del plástico los comensales tuvieron la oportunidad de llevar en mayor cantidad este producto para ser disfrutado en casa”, recuerda Hilda María con la misma nostalgia del redactor de esta crónica.

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Empresa exitosa

Mientras continuo saboreando mi helado de maracuyá, salen de mi memoria otras historias contadas por mis padres donde afirmaban haber llevado a mis hermanos mayores a comer helados a este Bar Heladería después de salir del Cine Sol, siendo el trato personal y la buena atención lo que caracterizaba a este lugar.

Fueron los pioneros de los helados de frutas, cremoladas y helados por litro.

El éxito del Bar Heladería Venecia se debía también al hecho de estar al costado del extinto Cine Sol, en la calle Tacna, frente a la Plaza de Armas, en el local que ocupa otra heladería muy conocida de la ciudad, en la actualidad.

Por experiencia propia, me señala que la heladería estuvo un buen tiempo en este sitio alquilado, convirtiéndose en el lugar de mayor concurrencia de las familias piuranas. Llegando a ser también en el punto de encuentro de los jóvenes universitarios de esa época.

Hilda María Machuca recuerda que fue tanto el éxito de la Heladería Venecia frente a la Plaza de Armas que abrió otro local en la esquina de Apurímac con Libertad. Una casona antigua, de propiedad de los dueños, ubicada a una cuadra de la Plaza de Armas.

Varios de mis familiares, entrados en años, me comentaron lo mismo. Esta era una empresa sinónimo de éxito en venta de helados y cremoladas, pero todo cambió cuando otra familia, de origen español residentes en la ciudad, compra el local donde estaba funcionando para abrir un negocio del mismo rubro, convirtiéndose hasta nuestros días, en la heladería tradicional más concurrida de Piura: El Chalán.

Hilda María me manifiesta que esto trajo como consecuencia que la Heladería Venecia salga de ese sitio estratégico para los negocios, como es la Plaza de Armas. Quedándose, de esta manera, solo con el otro local, en la esquina de calles Apurímac con Libertad, aunque con menos notoriedad y circulación de personas por esa zona.

Épocas difíciles

Estando establecidos en el otro local, cerca de la Plaza Tres Culturas, vendría después un golpe más duro del cual les costaría recuperase. Al igual que la ciudad italiana de Venecia, esta heladería del mismo nombre sufriría también los embates climáticos, pero con la diferencia que estos serían ocasionados por el Fenómeno de El Niño de 1983.

Recuerdo muy bien de pequeño las lluvias torrenciales, las inundaciones, el daño a las propiedades, las plagas y epidemias, la escasez de combustible e insumos y una serie de dificultades, haciendo que cerraran varios negocios del centro de Piura. Pero el Bar Heladería Venecia siguió manteniéndose a flote.

El público piurano no dejó de visitar esta heladería a pesar de la crisis económica y el terrorismo de la década de los ochenta e inicio de los noventa y otro fenómeno climático en el año ‘98, aunque la concurrencia no era misma.

Siendo adolescente solía acudir con mis amigos del barrio, de vez en cuando, después de una extenuada jornada de fútbol callejero, pudiendo notar todavía mesas ocupadas por familias, combatiendo las altas temperaturas del verano con helados y cremoladas.

Se está acabando la tarde, y aun permanezco en local, terminando de disfrutar mi helado y contemplando el triste y desolador panorama de esta pionera heladería, muy distante de aquella que hasta las últimas tres décadas del siglo pasado fue el sitio de preferencia de muchos piuranos.

Pero la escasa modernización y planificación del futuro de la empresa contribuyó a que este negocio ingrese lentamente en una etapa de agonizante decadencia en el nuevo siglo, resistiéndose a morir hasta nuestros días.

Termino de comer mi helado, saco de mi bolsillo 4 soles y le cancelo a la señorita. Le agradezco y salgo del local con una sensación de haber experimentado una variedad de sentimientos encontrados.

Sin tener una explicación, pude comprobar que la noticia de esa mañana, de manera coincidente, tenía mucho que ver con mi permanencia, esa tarde, en este local.

Permitiéndome reflexionar, en un breve tiempo, de forma casual, el auge y el declive de esta heladería, concluyendo en que este Venecia, a diferencia del de Italia, no se está hundiendo por el cambio climático, sino por el olvido y la indiferencia de los piuranos.

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Nota del Editor: A petición del autor, se ha procedido a retirar su nombre (29/11/2019)

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