El 3 de enero de 2026 quedará marcado como un punto de inflexión geopolítico. La captura del presidente Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.
Al respecto, surgen varias consultas interesantes: ¿Se violó o no el derecho internacional? ¿Qué pasará con el entorno de Nicolás Maduro? ¿Qué implica y de qué va la transición del gobierno que se haría en Venezuela? ¿Qué mensaje muestra esta acción de Trump sobre Latinoamérica, China, Rusia y Europa?
La respuesta a estas preguntas no son el objeto central de esta opinión. Más allá del revuelo jurídico y político inmediato, considero que esta acción debe analizarse desde un ángulo frío y estratégico: el control de la mayor reserva petrolera del planeta. Mientras el discurso oficial en Washington habla de narcoterrorismo, la operación revela un cálculo profundo sobre el poder energético global.
El botín: la mayor reserva petrolera inutilizada
La acción estadounidense es inseparable de los números que definen a Venezuela. El país posee un recurso de un valor casi inimaginable: 303.000 millones de barriles de petróleo crudo, lo que representa aproximadamente el 17% de las reservas probadas a nivel global.
Sin embargo, vive una paradoja devastadora: esta riqueza subterránea contrasta con una producción colapsada. Para 2024, Venezuela apenas extraía 921.000 barriles diarios, menos que Argentina y una fracción de su capacidad histórica. La infraestructura de PDVSA, en 2024, operaba con apenas 3 plataformas de perforación activas
Aquí yace la clave. EE.UU., hoy el mayor productor mundial, no necesita el crudo venezolano para su consumo interno. Lo necesita para, controlando el grifo, dominar el tablero geopolítico mundial y abrir el mayor campo de juego para sus majors energy companies en décadas.
La declaración del presidente Trump no deja ambigüedades: «Vamos a hacer que nuestras enormes compañías petroleras entren, gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura y comiencen a ganar dinero para el país».
El objetivo no es la autosuficiencia, sino el control. Control para influir en los precios globales, para ofrecer alternativas a los aliados de Europa y Asia, y para reactivar la maquinaria de las majors estadounidenses sobre un recurso de bajo costo. ¿Actuar como un OPEP+ desde este hemisferio?
La estrategia: más allá del crudo
El petróleo es el botín tangible, pero el marco estratégico es la lucha por la hegemonía. La operación responde a tres objetivos geopolíticos independiente pero entrelazados:
1. Resucitar y aplicar la Doctrina Monroe 2.0: la administración Trump ha resucitado explícitamente la máxima de «América para los americanos», refiriéndose claramente a EE.UU. Se trata de expulsar a potencias extracontinentales y negar el control de activos estratégicos en el hemisferio occidental. Venezuela era el eslabón más débil y valioso de esa cadena.
2. Interrumpir la alianza estratégica con China y Rusia: Esto va más allá de privar a China de un proveedor. Se busca desactivar un instrumento clave de la diplomacia financiera china: los acuerdos «petróleo por deuda» que aseguraban flujos energéticos a Beijing. Controlar Venezuela pone en riesgo miles de millones en inversiones chinas y rusas, dejándolas a merced de un futuro gobierno aliado a Washington. Para Rusia, significa la pérdida de su principal aliado militar y político en la región, un golpe severo a su proyección de poder en este hemisferio.
3. Reconfigurar el mercado energético global: la potencial reactivación de la producción venezolana, con inversión occidental, podría inyectar millones de barriles diarios al mercado. Esto otorga a EE.UU. una palanca formidable para influir en los equilibrios de la OPEP+, presionar a otros productores como Irán, y proporcionar crudo pesado alternativo a las refinerías del Golfo de EE.UU., reduciendo la dependencia táctica de otros proveedores.
En resumen, la operación de EE.UU. es un movimiento de alta complejidad donde el petróleo, aunque medular, no es el principal ni único incentivo.
Desde los hechos que se ven hasta el momento, la geopolítica (reafirmar la hegemonía regional y contener a rivales) es el marco estratégico para la administración estadounidense.
Controlar a Venezuela no es solo sobre suministro de petróleo; es sobre reconfigurar el tablero energético global. Venezuela ya no es solo un país en crisis. Se convierte en el escenario principal donde se libra la pugna por quién controla los recursos que, incluso en la era de la transición energética, siguen siendo el núcleo duro del poder geopolítico.
La energía, una vez más, demuestra ser el núcleo del poder estratégico.