El escenario de la salud pública internacional experimentó, este 23 de enero de 2026, la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Esta medida, que materializa una orden ejecutiva firmada por el presidente Donald Trump al inicio de su segundo mandato, establece un nuevo paradigma donde Washington busca priorizar su soberanía nacional frente a lo que denomina la «influencia política indebida» de otros estados miembros, particularmente de China.
Bajo la premisa de que la organización falló en su respuesta ante crisis previas y no asumió responsabilidades, el gobierno estadounidense procedió a retirar a todo su personal y contratistas, cesando cualquier participación oficial en comités y órganos de gobernanza del organismo.
El vacío financiero
Uno de los puntos más críticos de esta ruptura es el impacto económico inmediato para la organización, dado que Estados Unidos era su mayor financiador.
Actualmente, el país mantiene una deuda acumulada que oscila entre los 260 y 280 millones de dólares correspondientes al periodo 2024-2025.
Aunque la legislación estadounidense sugiere que el país debe pagar sus cuotas pendientes antes de un retiro efectivo, expertos legales señalan que la OMS carece de mecanismos coercitivos para obligar a dicho pago y es poco probable que arriesgue una mayor tensión diplomática intentando forzarlo.
Desde el interior del gobierno de Trump, se dejó claro que no hay planes de abonar estos compromisos, argumentando que la retirada se basa en un derecho unilateral reservado por el país desde su adhesión en 1948.
La influencia de China
La administración estadounidense fundamenta su retirada en una serie de críticas estructurales y operativas que, según su visión, rompieron la confianza en la OMS.
El eje central de este descontento se encuentra en la gestión de la pandemia por coronavirus, periodo en el cual Washington sostiene que el organismo elogió la respuesta de China a pesar de la evidencia de subregistro de información y retrasos en confirmar la transmisión entre humanos.
Además, funcionarios del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) señalaron que, a pesar de que Estados Unidos llegaba a aportar hasta el 25% del presupuesto de la agencia, nunca hubo un director general estadounidense, lo que consideran una falta de representación equitativa frente a la carga financiera asumida por el país.
Hacia una estrategia de salud fragmentada y bilateral
Lejos de aislarse completamente, la nueva estrategia estadounidense apunta a una diplomacia sanitaria basada en acuerdos bilaterales y el fortalecimiento de alianzas con naciones individuales, organizaciones no gubernamentales y grupos religiosos.
Este esfuerzo será liderado por el Centro de Salud Global de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), con el objetivo de mantener la vigilancia de enfermedades infecciosas y el intercambio de datos sin someterse a lo que el gobierno describe como «burócratas extranjeros sin rendición de cuentas».
Sin embargo, la puerta no se cerró del todo para temas técnicos específicos; la administración indicó que aún mantiene conversaciones sobre temas de interés mutuo, como la definición de la composición de las vacunas contra la gripe para el próximo año.