Emprendimientos

Mujeres de San Cristóbal: las tejedoras que anhelan construir la casa de las artesanas

Una de las mujeres artesanas empoderadas es Dalinda Chinchay, y es parte de la Asociación de Mujeres Artesanas de Santa Inés, caserío de San Cristóbal, del distrito San Miguel de El Faique, en la sierra de Piura. Dalinda afirma que trabajan por posicionar en el cliente el valor real de sus creaciones, el conocimiento sobre el tejido de jungapeo y que los compradores paguen el precio real de su trabajo.
Por César Flores Córdova

El ímpetu emprendedor no conoce de tiempo ni de distancias. Donde hay deseos de progresar, siempre habrá una personas dispuesta a conseguir que sus anhelos se vuelvan realidad.

Una de las mujeres artesanas empoderadas es Dalinda Chinchay, y es parte de la Asociación de Mujeres Artesanas de Santa Inés, caserío de San Cristóbal, del distrito San Miguel de El Faique, en la sierra de Piura.

Ella nos cuenta que desde los 14 años aprendió a hilar y tejer como parte de su formación, el telar evoca lo vivido y aprendido por generaciones de tejedoras herederas de arte y cultura de sus comunidades haciendo bonitas creaciones.

Entre las prendas que empezó a tejer eran ponchos, rebozos, jerjas, mantas y alforjas. Este trabajo lo hacía para su uso personal pero luego se convirtió en una forma de generse ingresos para ayudar en la economía familiar.

La punta de la madeja

Dalinda recuerda que, a finales de 1987, una amiga regidora de la Municipalidad Distrital de Canchaque le ayudó a comercializar sus tejidos entre sus allegados.

En poco tiempo, logró ser la presidente del club de madres del distrito y, con ello, abrió una nueva posibilidad para seguir vendiendo los tejidos de las mujeres del distrito.

“Somos mujeres sin profesión, pero eso no significa que debemos mendigar”, les decía Dalinda a las mujeres que conformaban este club.

La inquietud por progresar le llevó a escribirle una carta a una de las tantas ministras del Ministerio de la Mujer. En la misiva, Dalinda le solicitaba cursos para que las mujeres de su distrito puedan aprender corte y confección.

Su pedido no había caído en saco roto. Un 24 de diciembre del 2000, mientras realizaba labores en su chacra, le avisaron que la ayuda había llegado. Comida e hilos habían llegado a su casa. Estos artículos fueron puestos a disposición de las mujeres tejedoras para producir chompas.

Unas semanas después, la ayuda aumentó porque el gobierno regional le entregó conos y madejas para el tejido. La idea de que las mujeres tejedoras puedan progresar iba creciendo.

En el 2002, Dalinda tuvo que renunciar al club de madres porque debía conformar el centro piloto de tejedoras del caserío San Cristóbal.

Lo que quiere el mercado

El centro piloto inició con 12 mujeres que se animaron a empezar; hoy son siete mujeres que siguen esforzándose por mantener viva su cultura y generándose un empleo.

La asociación fue invitada a participar en ferias en Piura para ofertar las chompas y jergas que producía el centro. Aquí tuvieron sus primeros aprendizajes como emprendedoras.

No vendieron nada. Sin embargo, aprendió una lección: producir lo que demanda el mercado.

Dalinda rápidamente se dio cuenta que los productos que le compraban en su distrito no era lo que preferían la población de la costa y los turistas.

“En la costa, lo que más se vende son las cartucheras, bolsos, cojines y caminos de mesa”, afirma.

Luego de esta lección, y ya con la asociación de tejedoras conformada, empezaron a producir productos artesanales más estandarizados, con nuevas técnicas y diseños, como mochilas, bolsos, cartucheras, carteras, cojines, alforjas y ponchos.

La realidad cambió: cuando asistían a las ferias en la ciudad de Piura vendían casi todo y les hacían pedidos especiales.

Retos futuros

A pesar del crecimiento, las artesanas asegura que no dejan de producir para el mercado local como Canchaque y San Miguel de El Faique.

El trabajo en telar de cintura es un arte heredado de generación en generación y puede demorar cinco horas, o hasta una semana, dependiendo del tipo de prenda, diseño y acabados.

“Tejer un poncho nos toma una semana, dedicando entre dos y cuatro horas diarias. Cuando nos piden en cantidad, las mujeres de la asociación nos ponemos de acuerdo para poder entregar los pedidos”, afirma la tejedora.

Dalinda afirma que trabajan por posicionar en el cliente, el valor real de sus creaciones, el tejido de telar de jungapeo y espera que los compradores conozcan y valoren sus productos artesanales y paguen su precio real.

A pesar de los retos que implica comercializar sus tejidos, Dalinda no se da por vencida.

“No queremos contentarnos con tener dos o tres prendas, queremos formarlizar esta pequeña empresa, y que muchas mujeres de la asociación cambien su forma de valorar su trabajo, produciendo productos con nuevas innovaciones y diseños, accediento a mercados mas favorables”, señala.

Pero, su proyección va más allá: “La idea es comprar nuestro terreno y hacer una casa para las artesanas. La idea es generar trabajo para más mujeres”, afirma, convencida, Dalinda.

Actualmente, cuentan con puntos de venta donde pueden adquirir sus productos y pedir sus diseños exclusivos.

Este lugar es su taller ubicado en el caserío San Cristóbal, o en la feria Las Lagunillas de San Miguel de El Faique. Allí se les encuentra los sábados o escribiéndoles directamente.

Debe saber

  • Dalinda Chinchay y la Asociación de Mujeres Tejedoras de San Cristóbal son parte de los emprendimientos del Corredor del Alto Piura que reciben capacitación y promoción del CIPCA, Alboan y la Diputación Foral de Bizkaia.
  • Contacto celular: 969227973.
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